En una librería de viejo de Punta Arenas encontré un mapa de 1744.
El librero —un croata de bigote blanco, manos de papel— lo desenrolló sobre el mostrador con cuidado de cirujano. América del Sur en tinta sepia. La costa dibujada con más fe que precisión. Y tierra adentro, donde los Andes se deshacen hacia el sur, una inscripción en caligrafía temblorosa: Ciudad de los Césares.
—Ahí la ponían —dijo—. Doscientos años, todos los mapas la traían. Mi abuelo juraba que su abuelo había conocido a un chilote que estuvo.
El local olía a papel húmedo y a estufa a parafina. Afuera, el viento de Punta Arenas hacía temblar los vidrios como si quisiera entrar a mirar también.
Una ciudad de oro español en la Patagonia. Nadie la vio jamás. Todos la buscaron.
El nombre viene de un hombre. Francisco César, capitán de Sebastián Caboto, remontó el Río de la Plata en 1528 buscando la Sierra de la Plata. Volvió con las manos vacías y la boca llena: habló de un imperio rico hacia el sur, de gente vestida, de techos que brillaban. Bastó. Su apellido quedó pegado al mito como una etiqueta. César: del latín caesar, el emperador. Los españoles del siglo XVI bautizaban lo desconocido con palabras de poder.
Cincuenta años después, Pedro Sarmiento de Gamboa fundó dos colonias en el Estrecho de Magallanes para cerrarles el paso a los ingleses: Nombre de Jesús y la Ciudad del Rey Don Felipe. 1584. El invierno hizo el resto. Cuando un barco volvió a pasar, quedaban ruinas y huesos. El lugar pasó a llamarse Puerto del Hambre.
Pero los que no volvieron ¿adónde fueron? La leyenda respondió por ellos: tierra adentro, fundaron otra ciudad. Los Césares serían sus descendientes. Españoles perdidos, ricos, invisibles, esperando en algún valle de los Andes.
“Hay ciudades que existen porque alguien necesitó que existieran.”
El jesuita Nicolás Mascardi se lo creyó entero. Desde Chiloé salió cuatro veces a buscarla —1670, 71, 72, 74— cruzando la cordillera con guías poyas. En la última lo mataron. La ciudad siguió intacta, un poco más al sur, un poco más adentro.
El inglés Tomás Falkner, jesuita también, escribió en 1774 que los indios le habían hablado de ella: una ciudad de españoles más allá de las montañas. El virrey Vértiz mandó entonces a Basilio Villarino a remontar el Río Negro para encontrarla. Villarino subió ochocientos kilómetros de río, llegó a la cordillera y volvió con las manos vacías y un diario magnífico.
Darwin, en Carmen de Patagones, en 1833, escuchó la misma historia de boca de un baqueano. La anotó en su diario sin burlarse. Los naturalistas ingleses también necesitaban el mito.
Hace unos años, en un puesto cerca del lago General Carrera, un baqueano me señaló la cordillera con el mentón y me dijo que por ahí, más adentro, había vetas que nadie había tocado. No hablaba de oro. Hablaba de algo anterior al oro: la certeza de que el mapa todavía miente un poco. Le creí a medias, que es la única manera decente de creer estas cosas.
La llamaron de muchas maneras: la Ciudad Encantada, Trapalanda. Cada generación la corrió un poco en el mapa, como se corre un mueble en una habitación oscura. Siempre estaba detrás de la próxima cordillera.
Por la tarde volví a la pensión con el mapa enrollado bajo el brazo —no lo compré; el croata pedía una fortuna—. Lloviznaba sobre el Estrecho. Pelé una manzana con la navaja que llevo desde hace años, una Huntsman roja de quince funciones, y releí mis notas.
Chatwin decía que el hombre es un animal inquieto, que la civilización es una enfermedad del sedentarismo. Yo creo algo más simple: necesitamos que el mapa tenga un borde y que detrás del borde haya algo. Los Césares fueron el borde de dos siglos de mapas.
La ciudad no existió nunca. Por eso duró tanto.
— Klaus D. Meyer
Fotografía: Max Parada Valdivia / Pexels