Terra Australis Journal Journal • Crónicas del Fin del Mundo
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octubre 21, 2026 • Nicolás Valdés

La grieta del alba

Escalador solitario bajo un cielo estrellado en una montaña nevada de la Patagonia

A las 3:47 de la mañana, el haz de mi frontal cortaba la oscuridad como un cuchillo gastado: un óvalo tembloroso de luz blanca sobre la nieve, y más allá, la nada. Sebastián caminaba diez metros delante, encordado, y su silueta aparecía y desaparecía en los bancos de ventisca. Esa era la hora que habíamos pactado con nosotros mismos: salir del campamento a las tres para estar en la entrada del corredor norte del Cerro Castillo antes del alba.

El Castillo no es una montaña famosa. No tiene el glamour del Fitz Roy ni la verticalidad del Cerro Torre, sus vecinos ilustres al sur. Es un macizo de arenisca y nieve en Aysén, con una cumbre que desde Puerto Ibáñez parece un diente negro mordiendo el cielo. Lo habíamos elegido precisamente por eso: porque nadie nos esperaba arriba, y porque la ambición, cuando no puede ser grande, se conforma con ser suya.

Subimos el primer tramo por el acarreo congelado, crampones mordiendo la escarcha. A mil ochocientos metros sobre el nivel del mar —esto es la Patagonia baja— el frío me entraba por el cuello y me hacía toser. Sebastián, que había hecho cumbre en el San Valentín dos temporadas antes, no decía nada. En la cordada, el silencio es el idioma de los que están calculando.

Entramos al corredor a las cinco y media. De noche, el corredor norte es un túnel: paredes de arenisca a los lados, un río de hielo azul en el centro. Empecé a colocar tornillos de hielo cada veinticinco metros. El hielo estaba bueno, ese hielo denso que suena a vidrio cuando el piolet entra. Thock. Thock. Cada golpe me devolvía un poco de confianza. La técnica es una forma de rezar: si haces todo bien, la montaña quizá te perdone.

Fue entonces cuando empezó el viento. No el viento patagónico de siempre, ese que empuja y canta, sino un rugido grave que subía por el corredor como agua en una tubería. Miré hacia arriba: una nube lenticular engordaba sobre la cumbre, gris, inmóvil. En la montaña, las nubes lenticulares son como las luces rojas del tablero de un avión: no te dicen qué va a fallar, solo que algo va a fallar.

La ambición me decía que faltaban doscientos cincuenta metros. El juicio me decía que doscientos cincuenta metros, en el corredor equivocado y con la hora equivocada, son lo mismo que un kilómetro.

Sebastián llegó a mi reunión y se pegó a la pared. «¿Lo ves?», me preguntó, señalando arriba. A unos trescientos metros sobre nosotros, una cornisa de nieve colgaba del filo como una ceja. Y justo entonces, en la ladera de enfrente —una pendiente que desde abajo parecía inofensiva—, se desprendió una placa.

No fue grande. Unos cincuenta metros de ancho, quizá, de nieve venteada sobre una capa de escarcha. Pero el sonido me quedó grabado: primero un crujido seco, como una rama gruesa partiéndose, y después un siseo largo mientras la placa se deshacía en una nube de polvo blanco que bajó por la canaleta y desapareció en la oscuridad del valle. Nadie resultó herido. No estábamos en su trayectoria. Pero los dos nos quedamos mirando el rastro que había dejado: una cicatriz pálida en la ladera, brillante bajo la luz del alba.

—Bajamos —dije. Y odié cómo me tembló la voz.

Tengo que ser honesto: no fue una decisión heroica. No hubo un momento de lucidez montañera en el que el juicio venciera limpiamente a la ambición. Lo que hubo fue miedo, puro y físico, un miedo que me subía desde el estómago cada vez que miraba la cornisa. Miedo a que la placa de enfrente tuviera una hermana gemela justo encima de nosotros. Y debajo del miedo, algo peor: la certeza de que si seguía subiendo, lo haría solo para no tener que contarle a nadie que me había dado la vuelta.

El descenso fue lo más largo de mi vida. Rapelamos el corredor por tramos de treinta metros, anclando en bloques de arenisca y en estacas de nieve que enterrábamos con las manos entumecidas. Bajábamos por dentro de la sombra de la montaña, y el único mundo que existía era el óvalo de mi frontal sobre la nieve, el nudo de la cuerda pasando por el descensor. La Petzl Actik Core que llevaba en la frente —batería recargable, haz mixto— era la cosa más importante del planeta.

A las nueve estábamos de vuelta en el campamento. El viento ya era un temporal declarado: la carpa se sacudía como un animal atrapado. Nos metimos en los sacos, tomamos té que sabía a humo y dormimos doce horas mientras afuera el Castillo se borraba detrás de una cortina de nieve. Cuando despertamos, la cumbre había desaparecido. La montaña había decidido no dejarse ver más.

He vuelto muchas veces a ese corredor en mi cabeza. En la versión real, la única que cuenta, me di la vuelta a doscientos cincuenta metros de arriba y bajé con las manos temblando. Krakauer escribió que la escalada es una actividad fundamentalmente irracional, y que lo único que la separa de la locura es el juicio. Yo agregaría algo: el juicio no es la ausencia de miedo. El juicio es el miedo escuchado a tiempo.

La montaña sigue ahí. Yo también. Y eso, en la Patagonia, ya es una forma de victoria.

— Nicolás Valdés

Fotografía: Maël Balland / Pexels