Terra Australis Journal Journal • Crónicas del Fin del Mundo
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octubre 26, 2026 • Klaus D. Meyer

Donde se acaba el camino

Camino curvo entre bosque verde y montañas nevadas envueltas en niebla

El cartel está pintado a mano. Madera, letras blancas, dos líneas de coordenadas. Fin de la Carretera Austral. 48° 28′ 06″ S — 72° 33′ 49″ O.

Detrás del cartel no hay nada. O mejor dicho: hay todo lo que no cabe en un camino. El lago O’Higgins, gris y ancho como un mar interior. Detrás del lago, el Campo de Hielo Sur. Detrás del hielo, la nada cartografiada.

Un perro duerme al pie del poste. Un hombre mira el lago como quien mira un reloj que no anda. El ferry no viene hoy. Mañana, quizá.

He caminado mil doscientos setenta kilómetros para llegar a un cartel que dice que aquí se acaba todo. Y sin embargo es aquí donde empieza lo interesante.

La Carretera Austral nació de una orden. En 1976, el régimen de Pinochet decidió que la Patagonia chilena —esa franja de fiordos, bosques y ríos sin caminos— debía unirse al resto del país por tierra. No por amor al paisaje. Por soberanía. Un país que no puede llegar a su propio sur es un país a medias.

Veinticuatro años tardó la carretera en terminarse. El último kilómetro se abrió en el año 2000, aquí, en Villa O’Higgins. Veinticuatro años de dinamita, de puentes sobre ríos color turquesa, de barcazas que cruzaban los fiordos cuando el camino se rendía. Una generación entera de hombres con casco levantó una línea de ripio y asfalto donde antes solo había huella de baqueano.

Austral viene de auster, el viento del sur en latín. Los romanos le pusieron nombre a un viento y con eso nombraron medio mundo. La carretera lleva el viento en el nombre y el viento la recorre entera: baja desde Puerto Montt, cruza el Queulat, bordea el General Carrera, sigue el Baker —el río más caudaloso de Chile— y muere aquí, en este cartel, frente a un lago que en Argentina se llama San Martín.

El mismo lago, dos nombres. La frontera pasa por el medio del agua. O’Higgins, el prócer chileno, hijo de un irlandés que llegó a América a hacer fortuna y terminó siendo virrey. San Martín, el libertador que cruzó los Andes con un ejército. Dos libertadores enfrentados en un lago que no les pertenece a ninguno. El agua no firma tratados.

Villa O’Higgins tiene seiscientos habitantes, una plaza, una iglesia de madera y un almacén donde venden de todo menos prisa. Los viejos cuentan que antes de la carretera se llegaba solo en barco o a caballo, cruzando a Argentina y volviendo a entrar. La frontera era un trámite que se hacía a pie, con las botas embarradas y el pasaporte en una bolsa de plástico.

Todavía se hace así. Del otro lado del lago no hay carretera: hay una senda. El que quiera seguir hacia el sur —hacia El Chaltén, hacia el Fitz Roy— tiene que dejar el vehículo, tomar el ferry, caminar. El camino se acaba y empieza el caminante. Es la regla más antigua de la Patagonia.

Todo camino termina en un cartel. El que sigue andando después del cartel es el que entendió algo.

Me lo dijo un baqueano en el muelle, mientras mirábamos el lago. Tenía sesenta años y las manos como raíces. Había cruzado a Argentina a pie cuarenta veces. «La gente viene a ver dónde se acaba el camino», dijo. «Yo vengo a ver dónde empieza.»

Pienso en eso ahora, frente al cartel. En la inquietud. En por qué el ser humano no se queda quieto. Chatwin decía que el nomadismo es una pulsión, no una elección. Que hay gente que lleva el camino por dentro y no hay cartel que la pare.

Las botas aguantaron todo el ripio: el polvo de Cochrane, el barro del Mayer, las piedras sueltas del último tramo. Unas Salomon Quest 4, caña alta, Gore-Tex. Las compré para este viaje y ya no son nuevas: tienen la marca del sur en la puntera, ese barro gris que no sale ni con cepillo. No las limpio. Que se note dónde estuvieron.

Mañana tomaré el ferry. Cruzaré el lago. Caminaré la senda hasta la frontera y seguiré hasta donde me lleven las piernas. El cartel quedará atrás, con su perro y sus coordenadas. El camino se acaba aquí. El viaje, no.

— Klaus D. Meyer

Fotografía: Jerónimo Spasoff / Pexels