Salimos del campamento Poincenot a las dos de la mañana, con la luna todavía alta sobre el valle del río de las Vueltas. Martín iba delante, la luz de su frontal barriendo el sendero de piedras sueltas, y yo detrás, contando mis pasos para no pensar en lo que nos esperaba arriba: seiscientos metros de granito vertical en la Aguja Guillaumet, la menor de las agujas del Fitz Roy.
La Guillaumet no es una montaña famosa. No tiene la pared imposible del Cerro Torre ni la silueta de catedral del Fitz Roy. Es una aguja de granito rosado que se levanta sobre el glaciar como un diente, y su ruta normal —la vía Amy— es una sucesión de fisuras limpias y diedros que se escalan bien cuando el viento patagónico decide darte una tregua. Habíamos esperado cuatro días en El Chaltén mirando el cielo, cuatro días de café, hasta que la ventana se abrió: treinta y seis horas de calma entre dos temporales.
Empezamos a escalar con la primera luz. El granito estaba frío y seco, de ese granito que suena hueco bajo los pies y agarra como lija. Martín abría los largos con calma, colocando friends en las fisuras cada tres o cuatro metros, y yo lo seguía quitando el material. A mediodía habíamos hecho ocho largos y estábamos a dos tercios de la pared. El viento, que hasta entonces había sido un rumor, empezó a cambiar de tono: ya no empujaba, golpeaba. Miré hacia el oeste y vi lo que no quería ver: una pared de nubes grises avanzando desde el Campo de Hielo como un ejército en marcha.
—Tenemos dos opciones —dijo Martín cuando llegó a la reunión—. O rapelamos ahora, con luz, y perdemos la cumbre. O subimos dos largos más hasta la repisa grande y pasamos la noche ahí.
La repisa. Un metro escaso de granito plano a doscientos metros del suelo, sin techo, sin agua, sin escapatoria. Los dos hacíamos la misma cuenta: la ambición decía que el temporal llegaría de noche y que al amanecer, si aguantábamos, el cielo se abriría; el juicio decía que una noche sentados en una repisa, con viento de cien kilómetros por hora, es exactamente el tipo de decisión que después se cuenta en los informes de rescate. Subimos.
La ambición me decía que faltaban cuatro largos. El juicio me decía que cuatro largos, con un temporal encima y una noche sentada en medio, son lo mismo que una eternidad.
La noche llegó temprano, como llegan las noches malas: sin crepúsculo, de golpe. A las siete ya era oscuridad total y el viento aullaba por encima de la repisa, arrancando chispas de nieve granulada de la pared. Nos sentamos espalda contra espalda, atados a la reunión, con las piernas metidas en el saco de vivac y la capucha puesta. El frío no era el problema —el frío se aguanta—; el problema era el ruido, ese rugido constante que te impide dormir y te obliga a pensar. Y lo que yo pensaba, hora tras hora, era lo mismo: que había elegido estar ahí, que nadie me había obligado, que la montaña no me debía nada.
Lo confieso sin orgullo: tuve miedo. No el miedo limpio y útil que te afina los sentidos, sino el miedo sordo de quien se da cuenta de que ha apostado más de lo que puede pagar. Cada ráfaga me empujaba contra la pared y yo me agarraba a la cuerda. La chaqueta que llevaba —una Mammut Ultimate VIII, esa softshell negra que ya no me quito ni para dormir— era lo único entre mi piel y el viento: la capucha ceñida al casco, las cremalleras cerradas hasta arriba, el tejido cortando cada ráfaga como una vela. No es poesía: en una repisa, a doscientos metros del suelo, una prenda que funciona es la diferencia entre pensar y temblar.
Al amanecer, contra todo pronóstico, el viento aflojó. El temporal había pasado de largo hacia el este y el cielo se abría en franjas azules sobre el glaciar. Martín me miró, yo lo miré, y sin decir nada empezamos a recoger el material. Cuatro largos más, eso era todo. Los escalé con las manos entumecidas y la cabeza extrañamente despejada, como si la noche me hubiera quitado algo: el ansia. Arriba no había nada espectacular —una cumbre pequeña, un montículo de piedras, el Fitz Roy fumando nubes al fondo—, pero lloré un poco, lo admito. Lloré porque estaba vivo y porque la montaña, por una vez, había decidido dejarme pasar.
El descenso fue largo y mecánico: rapeles de treinta metros, la cuerda atascándose en las fisuras. A las seis de la tarde estábamos de vuelta en el campamento, con las manos rajadas y la ropa oliendo a tormenta. Krakauer escribió que la escalada es una actividad fundamentalmente irracional, y que lo único que la separa de la locura es el juicio. Yo agregaría algo: el juicio no siempre es bajar. A veces el juicio es quedarse sentado en una repisa, con miedo, toda la noche, y esperar a que amanezca. La cumbre no me hizo mejor escalador. La noche sí.
— Nicolás Valdés
Fotografía: Marina Zvada / Pexels