Hay lugares que no se visitan: se leen. La boca occidental del estrecho de Magallanes es uno de ellos, y su primera línea está escrita con luz. Desde el puente de un barco que viene del Pacífico, mucho antes de distinguir la costa, el ojo busca ese destello que vuelve cada cierto número de segundos, como una puntuación obstinada en medio de la frase larga del mar. Es el faro de Evangelistas, plantado desde 1896 sobre un islote de roca desnuda donde el océano rompe sin pedir permiso, y donde cuatro hombres —siempre cuatro, en turnos que el calendario apenas consigue ordenar— mantienen encendida una llama que ningún temporal ha logrado apagar del todo.
He llegado hasta aquí solo en la imaginación, que es la forma más honesta de viajar cuando el lugar no admite visitantes, y sin embargo lo conozco por las cartas viejas, por los diarios de los navegantes y por esa melancolía particular que producen los confines: la sensación de estar mirando, a la vez, el presente y todo lo que lo precedió. Porque en Evangelistas el tiempo no pasa en línea recta; se acumula en capas, como las conchas y los líquenes sobre la roca, como las historias de naufragio que el viento repite de boca en boca.
La primera capa es la de Magallanes, que en 1520 cruzó este estrecho sin saber que lo cruzaba, buscando un paso hacia las Molucas y encontrando, en cambio, un laberinto de canales, de lluvia horizontal y de gigantes que quizá fueron solo hombres altos vistos desde lejos. Después vinieron los otros: Sarmiento de Gamboa, que intentó poblar el estrecho y fundó ciudades que el hambre devolvió al silencio; los corsarios ingleses, que pasaron como sombras; FitzRoy y Darwin, que midieron estas costas con instrumentos y con asombro, y que aprendieron aquí que la naturaleza no tiene prisa, pero tampoco piedad.
Un faro no es una casa ni una torre: es una promesa hecha con luz, la promesa de que alguien, en alguna parte, sigue despierto mientras los demás duermen.
Durante siglos, esa promesa no existió. Los barcos entraban al estrecho guiados por la intuición de sus pilotos y por la memoria de los que habían sobrevivido, y muchos no sobrevivieron: las rocas de Evangelistas, llamadas así porque alguien creyó ver en ellas a cuatro evangelistas de piedra, se cobraron su parte de cascos y de vidas. Fue preciso que Chile, ya república, decidiera que el paso austral merecía una luz permanente, y que un ingeniero escocés, George Slight, levantara en 1896 una torre de hierro sobre el islote más expuesto del Pacífico austral. Desde entonces, la luz gira, y los barcos pasan, y los fareros —esos monjes laicos del mar— cumplen su liturgia de aceite, de lentes, de registros escritos a mano en libros que huelen a humedad y a paciencia.
Pienso en esos hombres y me pregunto qué se hace con el tiempo cuando el tiempo es todo lo que hay. Se mira, supongo. Se mira el mar cambiar de color diez veces al día, se cuentan las aves que cruzan entre dos chubascos, se releen las cartas que llegaron con el relevo anterior. Y se aprende, como aprendieron los antiguos pilotos, que ver no es solo abrir los ojos: es saber qué se está mirando. Un viejo catalejo de latón, de esos que se extienden con un gesto lento y se guardan en su caja forrada, no acerca únicamente la costa; acerca también el pasado, porque mirar por él es mirar como miraban los que vinieron antes, con la misma mezcla de cautela y de deseo. En la galería del faro, entre dos guardias, un instrumento así no es un adorno: es la continuación de una conversación empezada hace quinientos años.
Y sin embargo, Evangelistas no es un museo. La automatización llegó, como llega todo, y la luz ya no depende por completo de la mano humana; pero la roca sigue allí, el viento sigue allí, y la soledad —esa materia prima de la que están hechas las grandes historias australes— sigue intacta. Quizá por eso el faro conmueve más que cualquier monumento: porque no celebra una victoria, sino una resistencia. No dice «llegamos», dice «seguimos».
Al final, toda navegación es una lectura. Se lee el cielo, se lee la carta, se lee la luz que vuelve cada tantos segundos, y se entiende que el estrecho no es un atajo entre dos océanos, sino un texto largo y difícil, escrito con naufragios y con faros, que cada generación debe volver a leer para no perderse. Evangelistas es su signo de puntuación más luminoso: una coma de luz en la frase interminable del mar austral, que nos recuerda que incluso en el lugar más inhóspito del planeta alguien decidió, alguna vez, encender una lámpara y quedarse a cuidarla.
— Clemente Errázuriz
Fotografía: Ray Bilcliff / Pexels