Terra Australis Journal Journal • Crónicas del Fin del Mundo
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octubre 30, 2026 • Fernanda Lagos

El verde que nace

Helechos verdes en primer plano en un bosque templado

Entro al bosque cuando la primavera todavía está aprendiendo su oficio. No hay un día en que el bosque cambie de estación: hay una mañana en que el verde se vuelve más tierno, más atrevido, y las hojas nuevas se asoman como si pidieran permiso. Camino despacio, porque aquí la prisa no escucha nada, y dejo que el sendero me enseñe lo que trae el año nuevo: barro blando bajo las suelas, aire frío que huele a tierra removida y, a cada lado del camino, los helechos desplegándose.

Los helechos nacen enrollados sobre sí mismos, como puños cerrados. Los toco con la yema de los dedos y la yema vuelve con una pelusa finísima, casi un vello, y con la humedad de la noche todavía pegada a la espiral. Así nace todo aquí, pienso: sin apuro, sin ruido, desenrollándose en espiral hacia la luz. Hay cientos, miles, una multitud verde que sube desde el suelo del bosque buscando el hueco exacto entre las copas donde el sol cae en hebras. Me agacho y el mundo se vuelve pequeño y enorme a la vez: cada fronda es una pluma, cada pluma es una escalera de hojas diminutas, y el aire entre ellas huele a savia y a lluvia vieja.

El sonido llega antes que la vista, como siempre en el bosque templado. El agua baja por alguna parte —un hilo de deshielo, un arroyo que todavía no veo— y su murmullo se mezcla con el goteo de las copas. No es un ruido: es una conversación baja, continua, la del agua que aprende de nuevo su camino entre piedras y raíces. Cierro los ojos y el bosque se ordena por los oídos: a la izquierda el agua, a la derecha el crujido de una rama que cede bajo su propio peso verde, y encima de todo, finísimo, el canto de un fiofío que acaba de volver del norte y ensaya su silbido como quien prueba una llave.

Sigo y el sendero se estrecha. Las nalcas levantan sus hojas grandes, todavía plegadas, como paraguas a medio abrir, y el rocío me moja los tobillos al pasar. El frío es un frío vivo, un frío que respira: me entra por las mangas, me despierta la piel, me recuerda que estoy afuera y que afuera es un lugar real. Apoyo la palma en el tronco de un arrayán y la corteza me devuelve una sorpresa: es lisa, casi pulida, de un color canela que parece pintado a mano, fría y suave como la piel de un animal dormido. Me quedo un rato con la mano ahí, sintiendo cómo el árbol guarda el invierno bajo la corteza y suelta, apenas, el primer calor de la primavera.

El bosque no anuncia la primavera con trompetas. La anuncia con texturas: con lo tierno que se abre, con lo liso que se calienta, con lo verde que todavía no sabe que es verde.

Más adelante el sendero se abre a un claro y la luz cambia de carácter. Ya no es la luz verde y filtrada del interior: es una luz blanca, directa, que cae sobre un colchón de hojas nuevas y las hace brillar como si estuvieran mojadas por dentro. Me siento en un tronco caído y saco la cantimplora que cuelga de mi hombro: una Hydro Flask de boca ancha que ha guardado el agua fría desde la mañana. Bebo despacio, y el agua fría me baja por la garganta como otro arroyo, como si el bosque me prestara su frescura por un instante. El metal está frío contra la palma, y ese frío es una compañía: algo sólido y sencillo en medio de tanto verde que se mueve.

Huele. Huele a tierra que se abre, a hoja que se despliega, a ese perfume agrio y dulce que sube cuando el sol calienta el sotobosque por primera vez en meses. Es el olor del mundo volviendo a empezar, y me lo llevo a la cara con las manos que acaban de tocar el helecho, como quien se perfuma con el lugar. Respiro hondo y el bosque entra y se instala en el pecho, y por un momento no sé si soy yo la que respira el bosque o es el bosque el que respira en mí.

La tarde empieza a recoger su luz y los helechos, que a la mañana parecían tímidos, ya están un poco más abiertos que al entrar. Eso también es una lección: nada aquí cambia de golpe, todo cambia mientras lo miras. Me levanto del tronco y vuelvo por el sendero, y cada paso me devuelve el crujido esponjoso de la hojarasca nueva. No me llevo nada —ni una fronda, ni una piedra—, solo la humedad en los dedos, el frío de la cantimplora en la palma y el silbido del fiofío guardado en el oído, como una llave que ahora sé dónde probar.

— Fernanda Lagos

Fotografía: Aaron Buitenwerf / Pexels