Terra Australis Journal Journal • Crónicas del Fin del Mundo
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octubre 23, 2026 • Fernanda Lagos

La hora del musgo

El bosque no amanece de golpe: amanece por capas. Primero se aclara el verde, después el sonido. Entro cuando todavía hay niebla baja entre los coihues y cada paso mío levanta un vapor mínimo que vuelve a caer. La luz no cae desde arriba —aquí arriba casi no existe—, la luz se cuela de lado, verde y masticada por el dosel, y me toca los hombros como si el bosque me estuviera palpando para reconocerme.

Camino despacio porque aquí la prisa es una obscenidad. El sendero es una costura de barro y raíces donde mis zapatillas hunden su huella sin ruido: la tierra está tan empapada que el paso suena a beso, a esponja que exhala. Mis Merrell Moab, que ya traen el verde del bosque cosido en las costuras, se aferran a una raíz pulida por mil inviernos y yo me detengo, como se detiene todo el que cruza un umbral, a escuchar.

Y entonces lo oigo: el chucao. Huit-huit-huit, una risa de campanitas que baja de algún helecho invisible y vuelve a subir. Nadie me había dicho que el bosque templado ríe antes de hablar. Después viene el resto, por orden de llegada: el goteo de las hojas de nalca, grandes como sombrillas rotas, que sueltan el agua de la noche una gota a la vez; el viento alto entre las copas, que no es un sonido sino un recuerdo del sonido; y debajo de todo, sosteniéndolo todo, un silencio grueso como la corteza, un silencio que se puede apoyar con la espalda.

Apoyo la palma en el tronco de un coihue y el tronco me devuelve la presión con intereses. La corteza es áspera como piel de elefante viejo, partida en placas, y entre las grietas vive otro bosque en miniatura: musgos, líquenes de un verde casi fosforescente, pequeños hongos naranjas que parecen faroles encendidos para nadie. Toco con la yema de los dedos y la yema vuelve húmeda y oliendo a tierra dulce, a madera que se deshace con dignidad. Esto, pienso, es lo contrario de lo digital: nada aquí se borra, todo se transforma.

El bosque no necesita que lo mires. Necesita que lo oigas, que lo toques, que aceptes que tu cuerpo también es materia que se está pudriendo con elegancia.

Sigo bajando hacia el arroyo. El musgo me recibe como un colchón: cada zancada se amortigua y el bosque me devuelve el paso cambiado en otra cosa, en ese crujido esponjoso que es la banda sonora de la selva valdiviana. Hay un tronco caído cubierto de musgo tan espeso que parece un animal dormido, y me siento en él sin pedir permiso. El musgo está frío contra mis muslos a través del pantalón, frío vivo, frío que respira. Cierro los ojos y el bosque se vuelve un solo órgano: por la izquierda el agua del arroyo masticando piedras, por la derecha un carpintero picoteando su telegrama en un árbol muerto, y en el centro —justo en el centro de mi frente— el latido de mi propia sangre, que de pronto me parece un sonido más del lugar.

Huele. Huele a tierra removida, a hoja podrida, a ese perfume agrio y dulce que sube cuando el sol empieza a calentar el sotobosque. Es el olor de la digestión del mundo: el bosque comiéndose a sí mismo para seguir naciendo. Me llevo las manos a la cara, esas manos que acaban de tocar el coihue, y respiro hondo, y el bosque entra por mis fosas nasales y se instala en mi pecho como un inquilino que no piensa irse.

La hora del musgo dura poco. Ya el sol está más alto y la niebla se recoge como una sábana, y los pájaros cambian de turno: se calla el chucao y empieza el zorzal, más solemne, más de mediodía. Me levanto del tronco y en el musgo queda, por unos segundos, el molde de mi cuerpo: dos huellas de cadera, una de espalda, el negativo de mi paso por aquí. El musgo se irá enderezando fibra a fibra, borrándome sin rencor. Eso también es una lección: el bosque te deja estar, pero no te deja quedarte.

De vuelta al sendero, mis Moab vuelven a hundirse en el barro blando y yo pienso que caminar aquí es un acto de escucha con los pies. Cada raíz que la suela reconoce, cada piedra que el tobillo negocia, cada charco que el impermeable esquiva: el bosque me está enseñando su idioma por las plantas, y yo, alumna lenta, repito la lección paso a paso, gota a gota, huit-huit-huit.

— Fernanda Lagos

Fotografía: Alex Moliski / Pexels