Terra Australis Journal Journal • Crónicas del Fin del Mundo
RECIBIR BITÁCORA
octubre 16, 2026 • Fernanda Lagos

Lluvia en el dosel

Lluvia sobre el bosque templado de Pumalín, Patagonia

La lluvia llega primero al bosque. Entro al sendero de Pumalín y el agua ya está cayendo sobre el dosel, cayendo en millones de gotas que rebotan entre las copas de los alerces antes de bajar, despacio, hasta mis hombros. Es una lluvia fina, de esas que no mojan de golpe: se va quedando en la ropa, en el pelo, en las pestañas.

Camino despacio. Bajo mis pies, las raíces de coigüe dibujan un mapa resbaloso y el barro cede con un suspiro suave. Cada paso suena: un chasquido húmedo, una rama que cede, el goteo que la hojarasca devuelve al suelo. No hay más plan que este: andar y escuchar.

Apoyo la palma en un alerce. La corteza es rugosa y fría, surcada de ranuras verticales donde el musgo se instaló como un inquilino paciente. La toco y pienso en el tiempo: este árbol lleva aquí tres, cuatro, tal vez diez veces mi vida, bebiendo esta misma lluvia, mirando pasar senderos que aún no existían. Mis dedos registran la textura antes de que la razón registre la idea.

Arriba, la luz cambia. Entre las copas, el gris se abre en vetas plateadas y de pronto cae un rayo oblicuo que enciende la niebla desde adentro. Todo el bosque se vuelve una lámpara verde. Me quedo quieta, mirando hacia arriba, con la lluvia cayéndome en la cara. El agua tiene sabor a hoja, a tierra, a algo antiguo que no sé nombrar.

Un chucao pica tres veces —chup, chup, chup— y después silencio. El sonido queda flotando entre los troncos como un hilo tenso. Lo sigo con el oído hasta que otro goteo, más grave, me devuelve al cuerpo. El bosque no calla nunca: susurra, gotea, cruje. Solo hay que bajar las revoluciones para oírlo.

Me detengo en un claro mínimo, donde el suelo es una alfombra de hojas descompuestas que huele a dulce y a tierra negra. Desenrosco la tapa de mi Hydro Flask y el vapor del té de cedrón sube para mezclarse con la niebla. Lo bebo a sorbos lentos, sintiendo el metal tibio en las manos. El calor baja por el pecho y, por un momento, el frío de afuera y el calor de adentro se miran de frente sin pelear.

Sigo. El sendero se estrecha y los helechos me rozan los tobillos con dedos verdes y húmedos. En una roca, una cortina de musgo cuelga como un tejido viejo; la aparto con cuidado para no romperla y el agua retenida me salpica la muñeca. Todo aquí está empapado y, sin embargo, nada está anegado: el bosque sabe exactamente qué hacer con la lluvia.

«El bosque no necesita que lo entiendas: necesita que lo toques, que lo huelas, que te quedes quieta hasta que empiece a hablarte.»

Más adelante el arroyo cruza el sendero. Me agacho y meto la mano en el agua: está helada, viva, con una corriente que me empuja los dedos. La acerco a la cara y el olor a piedra mojada me llena la nariz. Bebo un sorbo. Sabe a montaña, a nieve que fue, a viaje largo.

La lluvia aprieta de a poco. Las gotas ya no rebotan en el dosel: atraviesan. Me calan el cuello, me bajan por la espalda. No me molesta. Hay una rendición dulce en dejarse mojar, en aceptar que el bosque pone las reglas y una solo camina dentro de ellas.

Al salir del sendero, vuelvo la vista atrás. La niebla sigue ahí, colgada de los troncos, y el bosque respira: sube, baja, sube. Me sacudo el agua del pelo y sigo oyendo, en los oídos, el tamborileo de la lluvia sobre las copas. Es un sonido que se queda.

— Fernanda Lagos

Fotografía: Landon Parenteau / Pexels

Seguir explorando — Fauna del Extremo Sur · Ruta de los Parques de la Patagonia