Hay sobre mi mesa un sextante de latón macizo, de esos que venden las tiendas de antigüedades marítimas y que ya nadie usa para navegar: el arco graduado, el espejo índice, la pequeña luneta que acerca el horizonte. No sé si el mío funciona; no importa. Lo compré, me parece, por la misma razón por la que se compra un libro en una lengua que uno apenas lee: porque el objeto guarda la memoria de un gesto. Alguien, en algún puente de mando, sostuvo ese arco contra el cielo y le preguntó al sol en qué punto del océano estaba.
Hay preguntas que el mar responde tarde, o nunca. La del navío San Telmo lleva esperando más de doscientos años.
En mayo de 1819, cuando Fernando VII todavía creía que el imperio podía sujetarse con cañones, zarpó de Cádiz la llamada División del Mar del Sur: el navío Alejandro I, las fragatas Prueba y Primorosa Mariana, y el navío de línea San Telmo, de setenta y cuatro cañones, al mando del brigadier Rosendo Porlier. Llevaban tropas y pólvora para el Perú, donde las independencias americanas empezaban a oler a incendio. El brigadier, dicen las crónicas, se despidió en el muelle de su amigo el capitán Espelius con una frase que debería figurar en todos los manuales de despedidas: «adiós, Francisquito; probablemente, hasta la eternidad».
El 2 de septiembre de 1819, a la altura del paralelo sesenta y dos sur, el San Telmo fue visto por última vez. El capitán de la Primorosa Mariana anotó que el navío arrastraba averías graves: el timón roto, la verga mayor rendida, el tajamar quebrado por los golpes de mar. Seiscientos cuarenta y cuatro hombres a bordo. Después, el silencio: ni una vela en el horizonte, ni una carta, ni un náufrago que contara la historia.
Lo que vino después es historia escrita por otros. Meses más tarde, el marino británico William Smith recaló en unas islas que bautizó como Shetland del Sur —a ciento sesenta millas al este, en la misma latitud donde el San Telmo había desaparecido— y encontró en la isla Livingston restos de un naufragio de tipología española, demasiado recientes para ser antiguos. Su acompañante, Robert Fildes, identificó incluso un cepo de ancla. Las autoridades de Valparaíso les ordenaron guardar silencio; el descubrimiento de la Antártida tenía ya un dueño oficial, y no era español. Años después, James Weddell, ballenero y cartógrafo, dejó constancia en su diario de lo que había visto:
«…varios restos de un naufragio fueron hallados en la isla del Oeste, que es probable que sean los restos de un buque de guerra español de esa categoría perdido desde 1819, cuando hacía el tránsito hacia Lima…»
De confirmarse, los infelices del San Telmo habrían sido los primeros hombres en pisar la Antártida: no exploradores, no héroes de una epopeya buscada, sino soldados de una guerra perdida a los que el viento empujó, sin timón, hacia el continente blanco. La ironía es demasiado perfecta para la historia y demasiado triste para la literatura: un buque enviado a sofocar la libertad de América termina descubriendo, por naufragio, el último continente.
En la playa Media Luna del cabo Shirreff, en la isla Livingston, hay hoy una placa colocada por el Instituto Antártico Chileno. Dice: «En memoria de los tripulantes del navío español San Telmo, que naufragaron en septiembre de 1819. Los primeros que llegaron a estas costas». Cerca de allí, España mantiene una base científica. El hielo, que es un notario lento, no ha devuelto todavía el pecio: dos siglos después, el San Telmo sigue siendo una hipótesis flotando sobre sesenta y dos grados de latitud sur.
Vuelvo al sextante de mi mesa. Pienso en la mano que sostuvo el suyo a bordo del San Telmo —porque a bordo lo hubo, sin duda— en la mañana del 2 de septiembre, cuando el sol apenas se atrevía a asomar entre los chubascos y el arco de latón ya no servía para nada: sin timón no hay derrota, y sin derrota no hay posición que valga. Medir la altura del sol es un acto de fe en que el mundo tiene coordenadas; el mar austral, esa mañana, decidió demostrar lo contrario.
Hay naufragios que son derrotas y naufragios que son preguntas. El del San Telmo es una pregunta que el mar se hace a sí mismo cada vez que el viento del oeste levanta la mar de fondo sobre las Shetland del Sur. Y nosotros, desde la orilla tibia de la historia, solo podemos sostener el instrumento, mirar el arco graduado y admitir que hay latitudes donde la melancolía es la única cartografía posible.
— Clemente Errázuriz
Fotografía: Alona Samosonok / Pexels